17.1.11

Las películas de Ray Harryhausen


















Para empezar, Ray Harryhausen, el maestro de la animación de joyas del stop motion sigue vivo. Algo increíble, porque las películas en las cuales colaboró con su arte datan de la segunda mitad del siglo XX. Harryhausen nació en Los Angeles en el año 1920 y ya a los 29 años obtuvo su primer Oscar, junto a Willis O'Brien, por los efectos especiales de El gran gorila (Mighty Joe Young), cinta de Ernest B. Schoedsack, en la vena de King Kong.

Quizás aca lo conozcamos más por su inefable performance en Furia de titanes de Desmond Davis, ya que en pleno 1981, en un medio donde ya se habían estrenados cintas de efectos especiales de "avanzada" como Star wars y el Imperio Contraataca, para mencionar dos ejemplos, la cinta destacó por esa onda "retro" donde se muestra una artrítica pelea entre bestias y dioses mitológicos.

También entre los logros más valorados de Harryhausen figure en la cinta Jasón y los argonautas, donde decenas de esqueletos con escudo en mano conforman un ejército de ultratumba.

Harryhausen, desde Furia de Titanes, se encuentra alejado del cine,pero ha participado en diversos proyectos donde se le rinde homenaje o donde se compilan sus mejores trabajos como animador.

La pelea de los esqueletos en Jasón y los argonautas de Don Chaffey (1963)




Pelea de dinosaurios en El Valle de Gwangy de James O'Connolly (1969)



Simbad y la princesa en la técnica del "Dynarama" (1958)




Furia de Titanes, trailer (1981)


16.1.11

Los viajes de Gulliver de Rob Letterman














Es inútil hablar del destrozo que se hace de la obra de Jonathan Swift en esta cinta del  director estadounidense y animador de Dreamworks, Rob Letterman, ya que no pretende ser fiel al relato literario, sino sólo una comedia de disparates y poca lógica basada en los perfiles de los personajes. Aquí Gulliver vive en pleno siglo XXI en una Nueva York que imita ser ese mundo de juguete y de miniaturas (tal como se presenta en los primeros minutos de los créditos), donde todo se concentra en el espacio de una redacción de un diario.

Jack Black es Lemuel Gulliver, encargado de distribuir la correspondencia en un medio periodístico, sin más pretensiones que vivir el día a día y jugar el Guitar hero en horas de trabajo. De pronto, motivado por un ascenso y por enamorar a una editora de la sección Viajes, decide aceptar una comisión al Triángulo de las Bermudas, para llegar por error a Liliput, pequeño reino donde lo toman por "bestia" gigante.

Black llega a Liliput y gracias al desconocimiento de los habitantes del país en miniatura, él se hace pasar por presidente, por protagonista de las historias más inverosímiles, como  las del Titanic o Star wars. La gracia de esta cinta de Letterman está en las diferentes referencias al mundo pop de este nuevo Gulliver, algo freak, torpe, que se alimenta de la música de Kiss y de los juegos de PS3.

Si bien la historia trata de mostrar a Liliput como un lugar de seres extraños, edulcorados, propio de la vida "monárquica" de etiquetas y protocolos, a través de la caricatura y el cliché, el filme mantiene su lado desgarbado y cómico en la misma figura de Jack, un gigante panzón a quien le construyen una casa a la medida de sus necesidades (sala de cine, sala para jugar Guitar hero, cocina).

Apena la construcción de la historia de amor con Emily Blunt, de lo más antojadiza, que se enlaza con toda este mensaje  de "amor y paz" para resolver los conflictos bélicos de Liliput y los reinos cercanos. Los viajes de Gulliver queda en la anécdota.

15.1.11

Directores y videoclips



















Es usual que los videastas, los directores de videoclips, pasen al largometraje con algo de efectividad, es decir que sus logros en videos de grupos de rock de cierto prestigio les permita un paso seguro hacia la prominencia en un medio difícil, sobre todo entre espectadores jóvenes y de influencia "indie". Es el caso de Valerie Faris y Jonathan Dayton, cineastas de Miss little Sunshine,  película que obtuvo un Oscar por el guión de Michael Arndt, mérito para esta pareja que tras años de trabajar en videos y documentales de grupos como Weezer, Offspring o Smashing Pumpkins recibe cierta atención. Digamos que ambos son el ejemplo más notorio de cómo salir del anonimato mundial a la tarima de la Academia, porque la punta del iceberg de esta tendencia la tuvieron Michel Gondry, Spike Jonze o David Fincher, directores que cuentan con un marcado estilo en las puestas escenas de sus largometrajes, y aparecen como cineastas imprescindibles que trabajan en los EEUU para una generación de cinéfilos.

Sin embargo, también es de interés la incursión de cineastas reconocidos en la elaboración de videoclips, que van un poquito más allá, por ejemplo, de los famosos aportes de Martin Scorsese o John Landis a la carrera de Michael Jackson. Les dejo esta lista:



George A. Romero y Scream de Misfits




Tim Burton y Bones de The Killers de Bones. Homenaje a los esqueletos de Ray Harryhausen.



Wim Wenders y Phalus dei de Amon Dûûl II



Ezequiel Acuña y Ser feliz de Nubes en mi casa


14.1.11

Like minds de Gregory J. Read














Algunos elementos de la fiebre que produjo el Código da Vinci, que señala en algunas de sus partes un paseo histórico acerca de la fundación de la iglesia como institución y de los grupos de poder que la configuraron, son parte argumental importante en la trama de la ópera prima del australiano Gregory J. Read, quien antes había hecho documentales en su país natal.

El simbolismo de la Orden de los Caballeros Templarios y su relación con las cruzadas es la motivación principal de los jóvenes protagonistas de Like minds (nombre original de esta coproducción australiana e inglesa, que se estrenó en EEUU como Murderous intent y que aquí la vimos con el siniestro título de Mentes diabólicas), primera incursión en la ficción de Read, que dentro de los márgenes del thriller psicológico tiene paralelismos argumentales con el entorno estudiantil de El club de los poetas muertos o con el “quid pro quo” de El silencio de los inocentes, guardando las distancias de género e intenciones.

Al inicio, Like minds nos sitúa en una estación policial donde Alex Forbes (Eddie Redmayne), estudiante de diecisiete años de edad, acusado de matar a su compañero de clases, Nigel (un demianesco Tom Sturridge), mantiene interrogatorios con la psicóloga forense Sally Rowe (Toni Collete dando poco de sí), quien tratará de demostrar la inocencia del detenido. Sally no es Clarice Starling, no tiene sus sutilezas, su claridad, no cuenta con las preguntas que producen respuestas crípticas.

De otro lado, Alex quiere demostrar en cada frase que tiene la piel de cordero inteligente sin la astucia y cinismo de un Lecter. El ámbito del debate es distinto. Alex se muestra desde un inicio como inocente, y a través de decenas de flashback nos muestra su visión de los hechos, que se intercalan con las secuencias de las investigaciones que involucra a agentes de policía y a miembros de órdenes caballerescas de códigos misteriosos.

Forbes es mostrado como un joven interesado por la historia, por pertenecer a la élite intelectual de su colegio pero a la vez tiene arranques de rebeldía que se traducen en robos en los trenes o en enfrentamientos a la autoridad paterna. Su vida se ve afectada con la aparición de Nigel, quien en la descripción que hace el mismo Forbes, a través de su relato, aparece como un amante de la disección, de relatos oscurantistas y, sobre todo, como un atento estudioso de la genealogía de los templarios, a quien dice pertenecer.

Forbes acusa a Nigel de diversos crímenes, y sostiene que planificó cada uno de los hechos en los que se ha visto involucrado. Pero la propuesta de Read escapa sólo a este asunto de amistad adolescente y subordinación.

El filme se compone como un rompecabezas de dos niveles: primero, los interrogatorios en sí y en segundo lugar, lo que se desprende de ellos, la versión del mismo Forbes de los hechos. Esta versión es sugerida como la reconstrucción calculada, pues como todo thriller o filme de terror que se quiere dar a conocer como “respetable”, el desenlace debe tener su plot de rigor, la vuelta de tuerca ejemplar, que en este caso, resulta ser el develamiento de una mente prodigiosa y peligrosa.

Read tiene estilo para ahondar en la mecánica escolar, teniendo a un castillo como arquitectura del saber, donde los estudiantes del internado tienen libertades que desarrollan sus capacidades sin ayuda de maestros. Y de allí mi asociación en contraposición a la película de otro australiano, Peter Weir, pues la dimensión de la excelencia estudiantil en Read pasa por un tamiz más oscuro, de relaciones de poder (que también se acerca a la filosofía de filmes como The skulls, pero en vez de masones hay templarios).

Por momentos, Like minds puede sonar pretenciosa, ya que se siente la intención de ser un tratado sobre el interior de la mente criminal teniendo como rollo “existencial” a los templarios y a la teoría de la Gestald, una interioridad que tiene que ser casi erudita, matemática, perversa. Sin embargo, llama la atención la puesta de escena de este cineasta y sus sutilezas, pues la configuración que hace Forbes del personaje de Nigel (necrofilia, incesto, sangre fría, fanatismo, halo homoerótico) resulta interesante al tratar de darle cuerpo al mal.

13.1.11

Peores secuencias del cine peruano














Es un poco difícil encontrar evidencia en el ciberespacio sobre mis peores escenas o secuencias del cine peruano, ya que al parecer muchos cineastas ni siquiera tienen el valor de colocar los trailers de sus proezas con la cámara, o quizás quieren a como dé lugar lograr el merecido olvido. Igual, tampoco los usuarios se animan a hacerlo. Sin embargo, algo he podido armar con algunos clips y momentos.

No encontré ningún video sobre Condominio (Perú, 2007), película inclasificable de Jorge Carmona, el mismo cineasta de La gran sangre. Es una verdadera lástima, ya que este filme es una de las grandes peores películas que se haya podido producir en el país. Tres historias, narradas a modo de episodios, que transcurren en una misma residencia donde viven una anciana que cuida a su enorme hijo mayor como si fuera un bebé; una prostituta embarazada que planea con su roomie irse a EEUU; y una pareja gay que lidia con el SIDA y las bromas de sus amigas locas de barrio, entre ellas La china, encarnada por Aldo Miyashiro. Obra estrambótica como pocas con un inolvidable final "a lo peruano". Tampoco encontré nada sobre Muerto de amor de Edgardo Guerra, ya que recuerdo una secuencia circense grabada con los Arias&Aragón de lo más kitsch.


1. En Kukuli de Luis Figueroa: mientras ella se lava los pies en un río, de pronto aparece un tipo, a quien conoce por primera vez, y luego hacen el amor del modo más insípido que he visto en el cine. Parece que se quemó un rollo o algo así. Como que fue hecha al guerrazo. José María Arguedas odió esta secuencia, porque dijo que a nivel de representación dejaba mal parado el modo de entender el sexo en los Andes.




2. El final de Kuntur wachana de Federico García, aunque podría poner toda la pela, pero rescato como lo peor a la escenadondeel hacendado está atrapado en una casa mientras es perturbado por una multitud invisible, que viene a lincharlo. La puesta en escena es muy teatral, ya que aparecen planos de los pobladores en las puertas y ventanas a modo de acoso.
No encontré videos de Kuntur wachana, pero les dejo un fragmento de esta otra joya llamada Good bye, Pachacutek del hijo del mismo cineasta.




3. Un marciano llamado deseo de Antonio Fortunic. Todo en la película es una delicia del mal gusto y lo chirriante. Esta es mi escena favorita: Arrech (Christian Meier) escucha atento lo perverso que es el mundo de los labios de una rubia new age.



4. El forastero de Federico García. Por lo visto este cineasta tiene mucha atención dentro de mis escenas malas. Lástima que no encuentre muestra de su trabajo en videos de la red, sin embargo me atrevo a describir aquella escena en que Nacho Duato aparece dentro de una nave espacial, al frente de unos controles que más parecen un teclado Yamaha, para luego caer desnudo a la tierra, en medio de un mar amarillo de flores.

5. Mariposa negra de Francisco Lombardi. Se cometió el error de colocar a un Montesinos de pastiche, que le quitó a la cinta toda la solemnidad del duelo. Una de las escenas más hilarantes, pero no la hallé separada de este fragmento de la cinta en el clip que coloco.





A continuación, algunos fragmentos de secuencias muy malas,  por el modo en que han sido filmadas, que demuestran poco amor por el cine.

Ciudad de M de Felipe Degregori.



Baño de damas de Michel Katz.



De nuevo a la vida de Leonidas Zegarra


12.1.11

Atonement de Joe Wright

















Expiación, deseo y pecado (Atonement, 2007), el filme dirigido por Joe Wright, el mismo de Orgullo y prejuicio, expone no sólo el caso de la consecuencia de una mentira de una púber celosa, sino que desarrolla un juego sobre los imaginarios de los recursos literarios, los extrapola: estamos dentro de la construcción del relato autobiográfico de una escritora (encarnada por Vanessa Redgrave).

Wright enfatiza desde el comienzo del filme que estamos dentro del terreno de la invención: una adolescente escribe en una máquina de escribir su primera obra. El sonido de las teclas va a acompañar diversos momentos de la cinta, fundiéndose con la banda sonora e inclusive sirviendo de sincronización con algunas imágenes (y aquí las teclas van preparando camino al plot point del filme). Entonces, dentro de las reglas del relato, estamos ante personajes que hacen de personajes, que son gobernados por el ojo de una mujer que busca subsanar cuentas con su pasado. No solamente ha escrito una novela sino que plasma el deseo de reelaborar un nuevo pasado y de darle otro sentido.

Los diversos flashbacks, los cambios de puntos de vista, el ritmo narrativo no sólo se convierten en recursos cinematográficos del director sino en reflejo de otro plano: el de la mano que escribe o que pulsa las teclas, de la escritora que está en el deber de redactar un texto desapasionado "sin adjetivos, sin adornos". En este sentido, Atonement apuesta, dentro de su contexto argumental,  en convertirse en una narración que no puede ser del todo desdramatizada, por lo que la expiación de la autora se vuelve también un acto fallido. No existe la verdad desnuda, el testimonio descarnado, crudo. El ornamento (entendido como una suerte de subjetivación de la realidad) encuentra espacio, a pesar de que se ha querido prescindir de él. Sí que Christopher Hampton volvió a la carga con este guión pero no tanto Joe Wright.

La historia de amor frustrado que se narra en la segunda mitad de la cinta, si bien no es del todo lograda tiene motivos comunes con diversos filmes ambientados en la segunda guerra mundial, que me recuerda a algunos clásicos, sino fuera por tanto flashback. Un amor inconcluso con fondo bélico no es novedad, sino recordar a Casablanca para ser un poco didáctica, o a Douglas Sirk en A time to love and a time to die.

Pero más interesante, aunque parezca antojadizo, es relacionar la culpa del personaje de Vanessa Redgrave con la de George en Escondido de Michael Haneke. Si bien la del austriaco trata sobre la negación de la culpa, ambos personajes deben afrontar las consecuencias de actos llevados a cabo durante la niñez o pubertad. Confrontar a la infancia como un periodo donde se está más allá del bien y del mal, como lo dijera el protagonista de Atonement, donde no existe el mayor discernimiento de si se actúa con cordura, sino prácticamente a través de pulsiones o caprichos, y plantearlo como un dilema moral. ¿Son en realidad culpables? ¿Merecían todo ese desprecio? Al menos, sin llegar a ser como Escondido, Expiación, deseo y pecado vuelve a acercarnos a este problema de carácter filosófico, al menos nos asoma, como aquella abeja que quiere salir de la ventana y que invita a la protagonista a ver una nueva realidad e imaginarla.

11.1.11

El orfanato de Juan Antonio Bayona
















La ópera prima de Juan Antonio Bayona es el reverso de los filmes de terror a los que se le ha asociado. Es el acercamiento a las fauces de la locura de una madre que no encuentra a su hijo pequeño, y en este limbo están permitidos los ruidos a mitad de la noche, los relatos de fantasmas, los objetos que aparecen y desaparecen. El terror se trastoca en drama. Y en este sentido está lejos de Los Otros o de Sexto sentido, como reza la promoción, aunque compartan códigos similares.

Esta crónica sobre la desesperación y la culpa escapa con ingenio a los argumentos con elementos sobrenaturales de diversos filmes del género, pero toma de ellos las mejores fórmulas de estilo para narrar no con poca destreza los hechos ocurridos dentro de lo que fue un orfanato y de los personajes que lo habitan. La madre, Laura, encarnada por Belén Rueda, vive los mismos tormentos que la Miss Giddens que dio vida Deborah Kerr en el inquietante filme de Jack Clayton, donde aparece tan desolada como la española en una mansión de aspecto victoriano. La diferencia es que Laura está dispuesta a abrir una residencia para niños con discapacidad en el lugar donde fue el orfelinato donde la criaron, una casona en una zona alejada, si saber que este deseo removerá historias olvidadas. Averiguar de dónde surge el mal, el miedo, la respuesta a la pérdida es el quid que mueve la puesta en escena que propone Bayona, donde el fantasma del orfanato equivale a expedientes reveladores, a ex empleados con oscuras intenciones o a hijos adoptivos que salvar.

Este filme producido por el mexicano Guillermo del Toro y con guión de Sergio Sánchez recrea imaginarios conocidos de los orfelinatos malditos como en el caso de El espinazo del diablo, del mismo Del Toro, o de alguna otra película de Jaume Balagueró, para mencionar el caso español; pero sobre todo vuelve a lugares comunes universales como el de la casa embrujada, de las médium (es inevitable pensar en Polstergeits o de las puertas que se abren al más allá.

El juego infantil del ¡Uno…Dos…Tres…Toca la pared!, con el cual se da inicio al filme a modo de preámbulo, sintetiza el tipo de reglas que va a respetar Bayona: fantasías de niños, amigos imaginarios, juego de escondites, búsquedas del tesoro o el simulacro de identidades. Es dentro de estos motivos que el director inserta la figura del orfanato, que se convierte en una entidad física casi ausente, en la medida que lo ubicamos sólo como espacio del pasado o como lugar futuro imposible.

Bayona comienza con buen pie su carrera con los largometrajes, y se nota algo del espaldarazo de Del Toro, marcando distancia con la película de Aménabar, que a su manera era fiel al espíritu de la película de Clayton. Ha sido un éxito de taquilla porque ha sabido explotar los motivos clásicos del cine de terror, pero "su vuelta de tuerca" consiste en el enfoque que se le da al personaje de Belén Rueda, optando por difuminar un laberinto psicológico del dolor en una historia de crímenes y freaks, y por hacer del personaje del niño Simón una "nueva semilla del mal".

Me hubiera gustado más con un final menos complaciente, menos a la manera de N. Shyamalan, con el personaje del marido menos convencional, con el faro malogrado para siempre; pero Bayona ha sabido construir un relato con dos lecturas posibles: la del drama interior de una mujer y la de unos pequeños fantasmas que quieren que los ayuden a descansar en paz.

10.1.11

Hereafter, Más allá de la vida de Clint Eastwood















Más allá de la vida (EEUU, 2010), es una cinta atípica en el cine de Clint Eastwood, y que se aleja un poco de los tópicos fílmicos al cual nos ha acostumbrado en los últimos años. Cuenta tres historias de carácter sobrenatural que se van hilvanando. Una periodista francesa que sobrevive a un tsunami en Asia, un médium que trabaja de obrero en Dan Francisco y un niño londinense que quiere contactarse con el hermano gemelo que acaba de perder. Si bien el modo en que Eastwood filma cada historia, es decir, un toque medio edulcorado para “graficar” este espacio del más allá (sobre todo por una banda sonora media kitsch y fresona y por unas referencias medias melosas a Dickens), sus intenciones en torno a cómo se van compenetrando los personajes en diferentes puntos del planeta van aflorando conforme nos vamos acercando al final. No creo que Hereafter sea, en este sentido, una cinta fallida.
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Más allá de la vida (EEUU, 2010) tiene una de las secuencias más bonitas del cine estadounidense reciente, y que de alguna manera sintetiza de modo casi metafórico el modo en el que el cineasta va a abordar el tema de las conexiones entre las personas en un "aquí".

Matt Damon tiene el don de contactarse con los muertos a través del tacto; toma las manos de las personas para así saber, a través de ellas, qué les quieren decir los familiares ausentes. Condición ante la cual podemos argüir que el personaje de Matt Damon está vedado para tener contacto físico con las personas (sobre todo mujeres, si tenemos en cuenta que es guapo y joven), pues corre el riesgo de ver muertos cada vez que da la mano a alguna. Para él, este don es una molestia. Es así que en una clase de cocina, brindada por un estereotípico chef italiano, conoce a Bryce Dallas Howard (Story en La dama en el lago de Shyamalan), con quien establece una amistad rápida. En la secuencia que menciono, ambos son sometidos a una prueba de sabores con los ojos vendados. Damon da de comer a Bryce centrando la escena precisamente en el efecto del gusto, en la indagación de ese sentido que recibe bocados, que los saborea y que, a la vez, habla, endulza, revela. Damon establece otro tipo de contacto sensual con su amiga, sin embargo, esto no terminará bien. Y es, al final de cuentas, que esta búsqueda de tocar una mano libre de culpa, es la que terminará en la comprensión.

En esta secuencia, que me parece lo más notable y delicioso del filme, Eastwood establece un espacio íntimo y con mucho sentido del humor basado en gestos, miradas, en planos cercanos de labios que saborean y en diálogos que van contando nuevas pistas para la interrelación. Pero eso es todo, ya que el personaje sufrirá la frustración de su don.

Hereafter responde las maneras en que los personajes se van a acercar al tema de la muerte, pero eso es casi una excusa, ya que para Eastwood, en este mundo problemático y globalizado, la intención va por mostrar cómo es que las personas se van a conectar, a pesar de todo, bajo una lógica menos sobrenatural y humana.

9.1.11

Woody Allen en el Mali




















Hace años que perdí el entusiasmo por el cine de Woody Allen. Siendo sincera, hace tiempo que se difuminó, desapareció, aniquiló el estupendo cineasta de cintas como Annie Hall, Manhattan, Crímenes y pecados o Maridos y esposas, y sólo queda un cineasta correcto pero sin toda esa alma descollante, cínica y lúcida que me hacía reir y pensar un poco más sobre por qué somos tan inestables y engreídos, llenos de patologías sociales reflejados en diálogos irrepetibles. Por eso, veo como acto cumplidor sus cintas más recientes, ya sin esperar mucho, y sin encontrar al estupendo narrador de historias de histéricos, neuróticos y estresantes personajes. Claro, pero hablo del Woody más serio, del cineasta que hurga en las relaciones sociales de protagonistas sumergidos en pequeños dramas morales. Sin embargo, el Woody más hilarante de antaño tampoco tiene pierde.

Esta semana el Museo de Arte de Lima sigue con su muestra Woody Allen: humor extremo, que incluye una selección de las mejores comedias del cineasta estadounidense nacido en 1935, desde su ópera prima Robó, huyó y lo pescaron (1969) hasta sus últimas incursiones en el género, como El ciego (2002) o El beso del escorpión (2001).

Mi comedia favorita es Broadway Danny Rose de 1984, filmada en blanco y negro, que parodia a los personajes de las mafias y hace un tributo a la stand-up comedy. La mafia siciliana aparece en su esplendor mientras Woody y Mía le juegan bromas sin querer a medio mundo en medio de un almuerzo italiano muy a lo Coppola. Domadores de pájaros, loritos que tocan el piano, ventrílocuos que hacen llorar, cantantes en alicaídos intentos por tocar en el bar del barrio y un manager excepcional glosan la galería de personajes de esta impecable cinta. Alguna vez la mencioné como una de las cintas menos valorada del newyorkino. Lástima que no aparezca en la muestra del Mali, sin embargo, vale la pena acercarse y revisitar a este cineasta de humor implacable, que pasó de lo esperpéntico (Robó, huyo y lo pescaron) hasta lo más refinado en la vena del varieté (El beso del escorpión).

8.1.11

El nuevo mundo, Apocalypto y la alteridad















El capitán inglés John Smith llega en plan colonizador a las costas de Virginia para descubrir a unos nativos que lo auscultan, lo huelen, lo intimidan en una primera impresión. Unos años antes, en algún lugar de la península de Yucatán, comunes y violentas luchas intestinas entre mayas (aunque válido en el contexto del filme porque en realidad serían representaciones de los aztecas) y pueblos sometidos presagian la caída de un imperio diferente a los que conforman el mito del Buen Salvaje.

Estos pasajes extraídos de las películas El nuevo mundo de Terrence Malick y Apocalypto de Mel Gibson reflejan ciertas miradas sobre la alteridad que son propicias para revisar algunos postulados premodernos a partir de este encuentro de dos mundos que inaugura el tránsito hacia la modernidad. Si estas cintas recurren a diversos mecanismos de representación para expresar sus propias tesis de lo que fue este choque cultural (elección de lenguas, territorialización, vestimentas, estratificación política, social y económica, usos de la moral, teniendo en cuenta el propio imaginario para confrontarlo o compararlo con lo que es el Otro), los mismos vestigios de la Historia han mostrado los suyos de modo no tan lejano: ojos y plumas de extranjeros donde los americanos son sólo personajes o extras y no sujetos (menos en el discurso, menos en la historiografía).

En Malick, los aborígenes, sean de una isla del Pacífico en plena segunda guerra mundial (como en La delgada línea roja) o sean los indios powhatan en el territorio americano del Norte del siglo XVII, viven bajo el credo del panteísmo, en un contacto puro y directo con la naturaleza y regido bajo sus leyes; seres inmaculados y transparentes, cuyas relaciones sociales se ven fecundadas por una cosmovisión a la cual cuida de no presentar como primitiva. Esta visión sublimada sobre el Otro, afianzada por el discurso de la Ilustración y sobre todo por el mito del Buen Salvaje, considera a los indios bellos, solidarios, sin sentido de propiedad y lucro, sin lujuria y violencia, más aptos que los europeos para vivir en un estado realmente cristiano, ya que recordemos que muchos enfoques occidentales sobre América tienen esa carga edénica: el hallazgo del paraíso perdido. El peor enemigo de este inédito entorno natural es el europeo, que pretende ser cristiano, y que sin embargo contradice su dogma (un plano moral) al satisfacer su codicia y su ambición a como dé lugar. La secuencia en la cual los indios powhatan llegan a salvar de la miseria y la hambruna a la pequeña colonia inglesa, al llevarles comida y abrigo a modo de regalo; reflejan así una suerte de pureza y samaritanismo, que deja de lado el ojo por ojo.
Todorov señala que “Colón sólo habla de los hombres que ve porque, después de todo, ellos también forman parte del paisaje. Sus menciones de los habitantes de las islas siempre aparecen entre anotaciones sobre la naturaleza, en algún lugar entre los pájaros y los árboles”. Colón describe en unos de sus diarios que: “Aquí fallaron que las mujeres casadas traían bragas de algodón, las mozas no, salvo algunas que eran ya de edad de diez y ocho años. Y ahí había perros mastines y branchetes, y ahí fallaron uno que había al nariz un pedazo de oro que sería como la mitad de un castellano”. Todorov sostiene que esta mención de los perros en medio de las observaciones sobre las mujeres y los hombres indica claramente en qué registro quedarán integrados éstos. En El nuevo mundo, a través de su recreación sobre la historia romántica del amor entre Pocahontas y el capitán Smith, Malick rechaza con sus imágenes un engranaje de tal naturaleza, puesto que para él el medio ambiente funciona como catalizador del espíritu de los indígenas, es parte de esa unidad entre hombre y entorno.

Malick no tiene mirada de entomólogo, sino de apólogo: el nuevo mundo quedó atrapado entre lo que pudo permanecer de él y lo que fue, y así hay que recordarlo, o al menos evocarlo en la medida que expresa una metáfora que responsabiliza a los colonos de la destrucción de esa forma de vida. Malick concibe al vivir feliz y pacífico de los indios como opuesto al modo desventurado de los europeos, porque las cosas y actitudes que a ellos les faltan como el dinero, la propiedad privada, medidas y pesas, leyes, libros y la preocupación por futuro los haría infelices.
 De otro lado, Emanuelle Amodio indica que en una época dominada por las imágenes, la importancia de estudiar el uso que se hace de la representación del Otro sobresale con especial fuerza. “El Otro contradictorio, una vez ser diabólico y otra Adán incontaminado; incapaz de actividad política y, al mismo tiempo, habitante de Utopía. El Otro, monstruo y ser angélico. Ese otro que llega a negarse a sí mismo, bajo la fuerza de la represión; y que, sin embargo, es capaz de levantar su rostro cuando el juego de las fuerzas locales le permite espacios para reproducir antiguas imágenes o, también, crear nuevas formas, muchas veces sincréticas”, explica. Y es en este apartado crítico que podemos ubicar a Apocalypto de Mel Gibson, donde el Otro aparece en sus dos dimensiones: egoísta, aguerrido, irracional, recio; pero también es bondadoso, astuto, justo y comunitario. Si bien cuando nos referimos a estas películas no hablamos de asegurarnos que sean reflejo de un pasado remoto con exactitud sino de cómo se representa en el sentido que da Amodio a esa otredad emblemática, que fue lo que originó la alteridad primigenia en este continente.
En Apocalyto nos ubicamos en el universo de aquellos que serán dentro de un breve tiempo los conquistados. Estamos en el preámbulo de la fractura, de la ruptura, pero ese tránsito hacia la llegada española en la descripción de Gibson no tendría ninguna diferencia con la crueldad que destilaban los jerarcas y privilegiados “mayas”. Usamos las comillas porque en el periodo que Gibson ha ambientado su filme prácticamente los mayas ya habían desaparecido como imperio en la península guatemalteca, y Mesoamérica se había transformado y poblado por obra de los diferentes grupos étnicos que luchaban entre eloos.

Apocalypto narra episodios anteriores a la conquista pero igual de caóticos y sangrientos. Si bien la llegada de los españoles destruyó un sistema que recogía y difundía el pasado por medio de códices o la arquitectura, pero también ejercía un poder descomunal basado en el culto a los dioses del cielo y las estrellas, se pone en evidencia la necesidad de una salvación occidental, a través de toda su racionalidad renacentista, para poner un nuevo orden al nuevo mundo. La conquista propició también una interpretación cristiana de la historia (salvación, mesías) y a su vez hizo que primara un desarrollo lineal del devenir humano, dejando de lado el mundo cíclico de los mayas.

El filme se sitúa lejos de lo que se denomina como utopía moderna: no hubo un mundo mágico donde los indígenas fueran símiles ingenuos de Adán o que el continente descubierto fuera el paraíso perdido. Aunque los textos de los primeros cronistas del descubrimiento de América revelan a los europeos como corrompidos y decadentes frente a la inocencia y felicidad de los habitantes de las islas halladas por Colón, Gibson propone una visión pesimista y desestima inclusive que culturas como la Azteca, Maya o Inca, se puedan denominar civilizaciones (algo que sí pudo ser la Grecorromana, o inclusive el fenicio o el egipcio asimiladas ya por el eurocentrismo). De allí el neologismo que da título al filme (Apocalipsis más Egipto, lo que implica una negación o una ironía).
Tanto las dos cintas mencionadas, o como tantas otras que hablan desde miradas personales o desde el mainstream sobre este encuentro o choque de dos mundos, dejan en claro visiones sobre la alteridad: justificando o no nuestras realidades pluriculturales, pues en ambas existe la idea de nación como trabajo a construir, son las dos alegorías sobre lo nacional y de cómo se sembraron las raíces de lo que hoy es EE.UU. o América como continente. (Extraido de artículo publicado originalemente en la revista Tren de Sombras).


7.1.11

Gone baby gone de Ben Affleck















De Gone baby gone (o Desapareció una noche, tal como se estrenó en Lima en el 2008) a The Town (Atracción peligrosa, Ben Affleck pasó mucho trecho. El debut en el largometraje de Ben Affleck tiene lamentablemente la anodina influencia de una cinta tan deleznable como Crash de Paul Haggis, en la manera de descubrir un submundo de perversidades, corrupción y microcomercializadores de drogas en un suburbio urbano a través de la justicia y de "lo que debe ser".

No cabe duda que Crash con un guión donde encontramos diálogos escritos con un ánimo de lo "políticamente correcto" y a su vez "profundos" sirvió de musa para narrar en Desapareció una noche  la historia del secuestro de una niña, desde el punto de vista de un detective de apariencia frágil pero apto para la heroicidad. La ópera prima de Affleck pierde en su afán aleccionador, en su moraleja que recomienda un mundo mejor en medio de la podredumbre, pierde en hacer de los malos muy malvados, para así desear como locos un EEUU menos maldito. El filme se desvive en mostrar una dicotomía extrema donde la palabra común es desconfiar de todos, pero a la vez se desluce en su moralina del deber individual frente al hacer social..

Casey Affleck es Patrick Kenzie, un detective privado que es contratado junto a su socia Angie Gennaro (Michelle Monaghan) para investigar el paradero de una pequeña de cuatro años que vive en su mismo barrio en Boston, desaparecida hace tres días, mientras la policía hace lo suyo. Es en el marco de esta investigación que junto a la pareja conocemos a diversos personajes, que van desde policías retirados, narcotraficantes, sicarios, drogadictos, que suman figuras familiares en la vida de la menor raptada.

Ben Affleck dejó de ser el chico que trabajó en el guión de En busca del destino de Gus van Sant y se volvió un director seguro de lo que quiere mostrar, sí, que maneja bien las tensiones dramáticas y que retrata con una cámara que no teme acercarse a los rostros de los personajes para intimidarlos o cuestionarlos, que escoge los ángulos más violentos desde la perspectiva de su protagonista, pero que pone en sus labios las frases más inútiles, más ornamentadas que haya escuchado en el 2007.

Desapareció una noche está basada en la novela homónima de Dennis Lehane, el mismo autor de Río Místico, y como ésta tiene como embrollo principal un dilema de carácter moral. Pero la película de Affleck no tiene punto de comparación con la obra de Eastwood (y tampoco aseguro que Affleck haya tenido esta intención) ni por asomo. Si Eastwood se centraba también en la desaparición de una adolescente y de la búsqueda del culpable en un grupo de amigos que tenían como eje de sus vidas a la lealtad, y que eran regidos de manera trágica por una suerte de entidad metafísica; en la cinta de Affleck el dios que maneja los destinos de los personajes se traduce en una oralidad fácil, omnipotente, que todo lo adivina, que todo lo descifra. En Desapareció una noche las claves están en las palabras, en los sentidos que las frases cobran y no en las imágenes. Y esto en realidad no lo vería como un defecto sino fuera por todo el esfuerzo que se nota en hacer de los diálogos el non plus ultra de la verborrea grandilocuente y atosigante, que trata de hacer la paz con todo aquel que los oiga.

Pero Desapareció una noche se deja ver (si bajamos un poco el volumen si es que la volvemos a ver en DVD). No señalo que sea una mala experiencia para Affleck, que ha demostrado que detrás de cámara le puede ir mejor que actuando, sino que es un ejercicio dentro del policial donde al menos se pueden ver actuaciones interesantes. Casey Affleck es un actor que no tiene pierde como un tipo casi debilucho que se enfrenta a mafias poderosas, aunque Ed Harris repite de alguna manera su papel para Una historia de violencia de Cronenberg, quizás una variación.
No está de más decir, que el final desconsolado y pesimista, donde se pone al espectador entre dos vías (obviamente ya Affleck te ha dicho durante todo el metraje qué cosa tenemos que elegir) es de los más interesante, porque precisamente no hay tantas palabras que decir.

5.1.11

La camorra napolitana y el cine














El libro de Roberto Saviano, Gomorra  (2006), da algunas pistas sobre el mundo de la mafia napolitana, La camorra, y la identificación de sus líderes o boss con los personajes de diversas películas. A diferencia de la película (que ofrece un fresco seco de la Nápoles actual a través de diversos casos que se van engranando en torno al crimen a gran escala), el autor italiano ofrece en unos de sus capítulos una deliciosa descripción de cómo el cine, sobre todo estadounidense, ha influido a los boss y killers en sus modos de vestir y vivir. Narra, por ejemplo, cómo un par de adolescentes amenazan con metralletas a ingenuos chiquillos como ellos mientras recitan monólogos extraidos de Pulp fiction, exactamente las frases recitadas por Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) antes de matar al joven que perdió el maletín de Marcellus Wallace.

A continuación, extraigo algunos fragmentos del capítulo Hollywood del libro, que no tiene pierde:


El padrino


“Nadie en el seno de las organizaciones criminales, ni en Sicilia ni en la Campania, habia utilizado jamás el término italiano padrino, que es fruto, en cambio, de una traducción poco filológica del inglés godfather. La palabra empleada para designar a un capofamilia o a un afiliado ha sido siempre la de compare (es decir “compadre”). Después de la película, sin embargo, las familias mafiosas de origen italiano afincadas en Estados Unidos empezaron a utilizar el término padrino en sustitución de los –ahora pasado de moda-  compare y compariello (este último diminutivo de “compadre”)”.

El cuervo



“En Napolés, Cosimo di Lauro es un caso ejemplar. Observando su vestimenta, a todos debería venirles a la mente El cuervo, con Brandon Lee. Los camorristas deben crearse una imagen criminal que a menudo no tienen, y que encuentran en el cine”.

Pulp fiction



"¡Hoy, después de Tarantino, ya no saben disparar como dios manda! Ya no disparan con el cañon recto. Lo tienen siempre inclinado, hacia abajo. Disparan con la pistola torcida, como en las películas, y esta costumbre provoca desastres. Disparan al bajo vientre, a las ingles, a las piernas; hieren gravemente sin llegar a matar. Así, siempre se ven obligados a rematar a la víctima disparando en la nuca. Un charco de sangre gratuito, una barbarie del todo superflua a efectos de la ejecución".
Un veterano de la policía científica de Nápoles.

Kill Bill



“Las guardaespaldas de las mujeres boss visten como Uma Thurman en Kill Bill: melena rubia, y toda la ropa de color amarillo fosforescente”.

Il camorrista



“En Napolés es fácil darse cuenta de que el filme El profesor, de Giuseppe Tornatore (cuyo título original italiano es Il camorrista), es sin lugar a dudas la película que ha marcado, más que ninguna otra, el imaginario colectivo (…) la música de la película se ha convertido en una especie de banda sonora de la Camorra (…)el filme ha llegado incluso a las discotecas, donde se bailan nada menos que tres versiones mezcladas de las frases más célebres del boss Raffaell Cutolo, pronunciadas en la película por Ben Gazzara”.

Caracortada




“En Casal di Principe se cuenta que el boss le había pedido a su arquitecto que le construyera una villa idéntica a la de aquel gángster cubano de Miami, Tony Montana, que aparecía en Caracortada de Brian de Palma”.

4.1.11

Mi papá y el cine
















La primera y última película que vi con mi papá fue Túpac Amaru de Federico García, por allá en el año 1984 en el cine Metro de la Plaza San Martín. Y ahora que lo rememoro fue un verdadero fiasco, no sólo por la intención de didactismo que tuvo mi padre al llevarnos a ver esa película porque seguramente en el colegio íbamos a estudiar sobre el tema, sino que también el héroe mítico de la rebelión se hacía agua bajo la puesta en escena de Fico García. Nunca más volvimos juntos al cine.

Ya cuando era adolescente, y en plena crisis económica del gobierno de Fujimori, mi papá me daba dinero, a escondidas de mis hermanas, para que me fuera a la Filmoteca de Lima siquiera a ver alguna película por día. Me decía que le parecía incomprensible que me vaya a meter más de cuatro horas seguidas a una sala oscura, sentada, cuando podía practicar natación, correr, o hacer gimnasia. "El cine es para burgueses" me decía, pero igual me daba a diario mis cinco soles a las tres de la tarde.

Mi papá tenía un gusto especial para el cine, imagino que propio de su formación política y militante. Odió el Ché de Sorderbergh, así como Diarios de Motocicleta de Salles, para dar un par de ejemplos. Le llamaban la atención las cintas sobre la segunda guerra mundial y los documentales de parte, en general. Y ahora que hago este post tengo varias preguntas sin respuesta sobre sus actrices favoritas (de hecho que le gustaba Sophia Loren), sobre las películas de su niñez o adolescencia, sin embargo, me atrevo a mencionar algunas que estoy segura forman parte de su memoria del cine.



El arpa birmana de Kon Ichikawa. Mi papá se refería a este filme como una experiencia conmovedora, me decía que jamás había visto una cinta similar sobre la guerra. El cine bélico le llamaba mucho la atención, sin embargo le reventaban las “gringadas” sobre Vietnam. Jamás supe qué opinaba sobre Apocalypse now!



El padrino de Francis Ford Coppola. Mi papá era absolutamente fan de Marlon Brando, desde sus inicios (quizás desde The one wild de Lazlo Benedek). Esta película le fascinaba por la actuación de este actor (la voz, los gestos, la performance total) y más aún tras disfrutar el rechazo a su segundo Oscar. Toda la saga de El padrino le parecía una épica descomunal.



La hora de los Hornos de Fernando “Pino” Solanas. Me contó que la vio en un campamento de jóvenes, de cuando militaba en el partido de juventudes comunistas en Montevideo. La experiencia de comentar y ver la película de “modo colectivo” le resultó motivadora en un contexto político difícil para su generación.




Noche de circo de Ingmar Bergman. Me enteré de la existencia del cineasta sueco porque a mi papá le fascinaba esta cinta, aunque él me decía que la vio como “La mujer del payaso”. No me hablaba de Fresas salvajes, ni de Persona ni de El séptimo sello, sino de esta cinta sobre el interior del mundo del circo y su descomposición, pero sobre todo del relato de Alma, la mujer que es rescatada por su esposo, el payaso, de un acoso de soldados.



Zorba, el griego de Michael Cacoyannis. Mi papá también era fan de Anthony Quinn, sobre todo por su interpretación de Zampanó en La strada. Creo que en el fondo mi papá se identificaba con este personaje vital y sensible.



Ahí está el detalle de Juan Bustillo Oro. Mi papá detestaba el slapstick, por eso jamás enganchó con Buster Keaton o Los tres chiflados, y decía que del golpe jamás se iba a reir. Charles Chaplin era su paradigma del humor, así que el Charlot no estaba tan lejos de un marginal como Cantinflas. La muerte de este actor fue una tragedia familiar.



Estas son las cintas que le gustaban a mi papá, pero hay una que  resume mi relación con él en torno al cine, quizás lo que no pudo ser.