18.12.13

Oscar 2014: Capitán Phillips de Paul Greengrass



El nombre de Paul Greengrass es una garantía para momentos de tensión y acción trepidante. Tiene pulso para poner en ascuas al espectador, tanto en persecuciones como en la premonición de un atentado. Es preciso a la conjunción de los dos puntos de vista, de la víctima y su enemigo, sigilosos ante un encuentro que se vuelve estallido y resolución. Algo de esto sucede en las mejores escenas de Capitán Phillips, que como en su Vuelo 93 o en Bloody Sunday, recrea sucesos tomados de la vida real, atrapando de esas historias el aspecto más espectacular.

Como en toda película basada en hechos reales, y sobre todo cuando los protagonistas tienen visos de héroes, se pronostica un relato correcto, sin mayores revelaciones que dramatizar las situaciones de supervivencia y hostilidad con necesaria medición. Greengrass no escapa al requerimiento de dibujar un personaje a la medida de Tom Hanks, un capitán Richard Phillips que no temerá soltar su lado emotivo y "americano" en medio de una brutal tensión. El secuestro del barco MV Maersk Alabama, acaecido en el 2009, a manos de un grupo de piratas somalíes es narrado como hazaña vital, de un David contra Goliat, y se convierte en lo más logrado del film, que poco a poco irá cediendo sus virtudes para enaltecer la figura de Hanks, pese a la sobresaliente contraparte que encarna Barkhad Abdi.

Capitán Phillips (EEUU, 2013) fluye como relato de un secuestro, en ese asalto rápido y sencillo, de cuatro somalíes armados frente a un equipo de más de veinte hombres impotentes y asustados. Sin embargo, una vez que la película se centra en los personajes en el bote salvavidas, y se crea el paralelo con los rescatistas y negociadores de la Marina estadounidense, se va apostando a enaltecer la figura de Tom Hanks, y a dejar en claro las torpezas de los africanos. Greengrass no teme en brindarle a Hanks la primera escena gore de su filmografía, pero tampoco en darle unos minutos de más para que su histrionismo brille en alguna nominación al Oscar. 

16.12.13

Este es el fin de Evan Goldberg y Seth Rogen



Esta es una película que no existe sin la fama de otra ficción. Como si se tratara de una cadena de acontecimientos, los guionistas de Supercool, Evan Goldberg y Seth Rogen, se colocan el traje de cineastas y deciden poner toda su inventiva cómica al servicio de las figuras que crearon en sus anteriores trabajos (como en Pinapple Express), en medio de una historia de catástrofe y juicio final. 

Es por ello que encontrarse en Este es el fin a Jonah Hill, Michael Cera y a Christopher Mintz-Plasse (el famoso McLovin), interpretándose a sí  mismos, no sólo tiene la gracia de la autorreferencia sino el perfecto clima de sátira, burla y oda a la estupidez sobre un entorno de estrellas ebrias, desbordadas y felices del juvenil y actual cine independiente estadounidense.

El argumento de Este es el fin resulta sencillo: seis amigos quedan atrapados en la casa del actor James Franco tras una fiesta, mientras Los Ángeles es devorada por una serie de demonios fálicos, en una suerte de venganza divina o Apocalipsis de los nuevos tiempos. Los muchachos emprenden la misión de la supervivencia, que reside sobre todo en matar el aburrimiento o en emplear métodos absurdos de cooperación que no tienen mucho efecto. Con la vieja premisa cinematográfica de “el enemigo está dentro”, estos amigos van a ir afianzando lazos de solidaridad pero también reflejarán la típica idiotez y torpeza propia de la adolescencia, mérito ganado como emblema en este subgénero cinematográfico, y que los cineastas exponen gratamente a través de escatologías varias y surtido humor negro.

Si bien Este es el fin cae en la debacle expresiva hacia el final de la película (con una escena de exorcismo de más), la primera media hora es delirante y lograda, por el hecho de introducir a los mismos James Franco, Jonah Hill, Michael Cera, o el mismísimo director Seth Rogen, en facetas insólitas o soñadas, dentro del contexto de una lujosa fiesta de verano de drogas, alcohol y sexo, donde también aparecen Rihanna o Emma Watson como invitadas. Esta imitación de la vida real, con aire de “home movie” y de serie B, y del “cine que habla del cine”, coloca a Este es el fin en la continuidad de la tendencia mordaz de la comedia independiente, que no teme burlarse de sí misma y extender sus fueros, con algo de ingenio, hacia lo desopilante.

15.12.13

Causas y consecuencias de Robert Redford



La trama de Causas y consecuencias (Company you keep, EEUU, 2012) basada en una novela de Neil Gordon, se desarrolla desde los parámetros del “thriller” y deriva hacia las declaraciones frontales del drama: el FBI comienza a averiguar la identidad de varios miembros del grupo político The Weathermen, los cuales militaron a mediados de los años 70 en la comisión de flagrantes actos de terrorismo. La primera en caer es el personaje interpretado por Susan Sarandon, quien lanzará la madeja de investigaciones para ir al encuentro progresivo de los demás supuestos terroristas: Robert Redford, Julie Christie, Nick Nolte o Richard Jenkins, algunos de ellos fugitivos de la ley. 

Lo que parecía una oportunidad para disfrutar de un reparto de lujo (aparecen también Chris Cooper, Terrence Howard y Stanley Tucci) bajo un argumento ingenioso de pistas y desencuentros, se convierte en un relato moral y casi apolítico, sin compromiso, temeroso, donde los terroristas son tipos carismáticos y con corazón, a quienes hay que tener consideración y paciencia. Esta premisa fácil gobierna toda la película, y hace naufragar la intención por lograr un filme con alma y astucia sobre el mundo del periodismo (Shia LaBeouf funge de reportero de un diario de medio pelo: sin embargo su performance no colabora para este fin). Nunca el corazón de un diario y el mundo del periodismo aparecieron tan desdibujados como en esta cinta de Redford. Una pena. 

8.12.13

Perú: apuntes y mejores estrenos 2013





No es que haya sido un año diferente en la cartelera comercial, incluso entre los mejores estrenos del año aparece un blockbuster, sin embargo se han podido estrenar películas que llegaron con fama de festivales, aunque el problema siempre será el retraso con el que llegan a Perú en comparación a otros países de la región.


Este año fue sin duda significativo por los nuevos visos del cine peruano, debido a la figuración como alternativa dentro de la misma cartelera, que tenía acostumbrado al público a no ver con optimismo algún filme peruano, e incluso latinoamericano, si es que no tenía el lenguaje y ritmo de exhibición impuesto por las majors. Es así que Asu mare, protagonizada por Carlos Alcántara, produjo un fenómeno insólito en el cine nacional, no solo al invisibilizar el papel del cineasta (que incluso resulta anecdótico), sino al imponer un estilo de humor televisivo por encima de cualquier canon cinematográfico local, que acompañado de algunos motivos del género cómico, abrieron paso a un mercado con resultados económicos millonarios (ya se espera la secuela y algunas películas de similar factura). 


El estreno de Cementerio General de Dorian Fernández - Moris mantuvo la atención del público que estaba aún entusiasmado por el revuelo de Asu mare. El cine peruano no solo hacía reír sino también gritar. El tema es que si bien Asu mare se basó en un estudio de impacto y focus group sobre su trama, el caso de Cementerio... tuvo un proceso inverso, basado en un estudio basado en lograr solamente un trailer efectivo, que hiciera que las entradas se agotaran días antes del estreno. Sin embargo, el resultado de la película dejaba de lado las expectativas por encontrar un film de terror redondo, menos ingenuo, a diferencia de Asu Mare que por lo menos resultaba un producto con una fotografía cuidada, con una puesta en escena episódica, de sketch, basada en el monólogo de Alcántara, sin más pretensiones que divertir a costa de un humor con color local. Precisamente ambos estrenos sirvieron de buen prólogo, en cuanto a recepción del público, para las siguientes películas que ingresaron a cartelera como El evangelio de la Carne o Rocanrol 68, mostrando el interés del espectador por ver un nuevo cine nacional, más cercano y más atento a  sus gustos. Contexto que no gozó una película como El limpiador, debido a su estreno a comienzos del año, por tratarse también de una propuesta distinta y de "corte independiente".



En cuanto a la calidad, la cartelera de 2013 presentó películas nacionales de diverso calibre, sin embargo, debido a su apuesta expresiva, El limpiador de Adrián Saba resulta el mejor estreno nacional peruano del año, de la mano con El evangelio de la carne de Eduardo Mendoza, que logró mostrar otro tipo de posibilidades para el melodrama y para absorber todo un imaginario local en pos de un relato coral y abierto.

Un suceso importante, el estreno comercial de El espacio entre las cosas, película de corte experimental de Raúl del Busto, que debido a la obtención de un premio en un concurso de distribución, tuvo que estrenarla en una cadena de multicines, provocando un maltrato pero también reflexiones sobre el escaso circuito de exhibición para películas de este tipo.



Un suceso penoso: la muerte de Stefan Kaspar, fundador del grupo Chaski, quien se encontraba en plena actividad con su proyecto de microcines, y que supuso también un llamado de atención al Ministerio de Cultura, debido a la pérdida de una personalidad importante para el impulso de un cine fuera de los circuitos convencionales, promoción que no contó con apoyo estatal. Por otro lado, el tema del proyecto de la Ley de cine que no ha tenido avances, y los concursos de largometrajes y cortos para este año se hicieron con apuros en la segunda mitad, y no se han considerado cambios para hacer los procesos más transparentes (como el de limitar la participación de obras que ya han participado anteriormente o que tienen ya varios años desde su fecha de producción).

El 2013 también fue año para la afirmación de tres festivales: FIACID, Lima Independiente y Transcinema, espacios que permitieron que nuevos públicos se acerquen a nuevas películas, y que ubicaron también al país de dentro de una panorama de distribución y exhibición festivalera sin antecedentes. La llegada de Apichatpong Weerasethakul al Perú marcó un hito.

Un acierto en este año también fue la reposición de varias películas, mostradas en ciclos, que impulsó la cadena UVK, tanto para las películas de Alfred Hitchcock, como las de Brian de Palma y Stanley Kubrick, que en su mayoría gozaron de salas llenas. Este modo de exhibir clásicos también propició ver en proyección impecable El juego de la muerte con Bruce Lee y el especial de terror por Halloween. 

A continuación, mi lista de las mejores películas estrenadas tanto por vía comercial y por vía alternativa (festivales y salas de cine arte).

Mejores películas estrenadas en cartelera peruana

1. The Master de Paul Thomas Anderson
2. Antes de la medianoche de Richard Linklater
3. Cosmópolis de David Cronenberg
4. La noche más oscura de Kathryn Bigelow
5. Lincoln de Steven Spielberg
6. Las hierbas salvajes de Alain Resnais
7. Gravedad de Alfonso Cuarón
8. Amor de Michael Haneke
9. El conjuro de James Wan
10. Titanes del Pacífico de Guillermo del Toro

Dos decepciones de la cartelera: Spring breakers de Harmony Korine y Los amantes pasajeros de Pedro Almodóvar.


Diez estrenos de exhibición en circuito alternativo (festivales, salas de cine arte, cineclubes):

1. Leviathan de Lucien Castaing-Taylor y Verena Paravel
2. Stories we tell de Sarah Polley
3. Los tres desastres, episodio de Jean Luc-Godard en 3x3
4. Copia certificada de Abbas Kiarostami
5. P3nd3j05 de Raúl Perrone
6. Arraianos de Eloy Enciso
7. Los posibles de Santiago Mitre y Juan Onofri Barbato
8. La jaula de oro de  Diego Quemada diez
9. Viola de Matías Piñeiro
10. Salvo de Antonio Piazza y Fabio Grassadonia
11. La noche de enfrente de Raúl Ruiz
12. Yo soy mejor que vos de Che Sandoval
13. Vikingland de Xurxo Chirro
14. El sonido alrededor de Kleber Mendonça Filho
15. The act of Killing de Joshua Oppenheimer



22.11.13

Gravity de Alfonso Cuarón




Diálogos desde cascos de trajes de astronautas que en su sutileza revelan a su oponente: el silencio del espacio que lo traga todo. Alfonso Cuarón traza así con ingenio, desde el escaso sonido de los primeros minutos de Gravity, un encuentro cercano desde la calma que han construido los personajes para "estabilizarse", en un viaje de trabajo en medio de la nada: la científica Ryan Stone (Sandra Bullock) comunicándose tranquila y casi en susurros con Huston a través de anécdotas mientras un lúdico  Matt Kowalski (George Clooney) flota en plan vigilante a ritmo de una canción ligera country. Como si de pronto Cuarón deseara inspirarse en esas road movies donde el conductor se deja llevar por la tranquilidad de la música en la radio, en medio de la carretera desierta, como antesala irónica ante un desastre o accidente. Y esa gran autopista esta vez ha mutado en un espacio en apariencia inerte, donde una gran nube de desechos satelitales arruina lo planificado y genera la alteración.

En Gravity, el cine de ciencia ficción (astronautas en supervivencia, naves averiadas, agentes externos como entes del mal) parece reducido en su máxima expresión, es decir, más de la mitad de la película gobernada por un solo personaje: el héroe/heroína contra el mundo, y sostenida en la tensión provocada y sublimada por ingeniosas conversaciones o monólogos, pero también centrada en una aparente pequeña porción del espacio exterior, desde donde se hace visible a la tierra y sus ciudades en pleno anochecer, con sus redes de postes eléctricos, enmarañados y lejanos, simulando un caos que no alcanza a los hombres y mujeres allí arriba.

Una vez que Cuarón establece las reglas en la ausencia de gravedad (personajes en diálogo cercano/lejano, solitarios ante la amenaza, un espacio marcado y contundente como si se tratara de una pieza de teatro de cámara), libera un sencillo juego de correspondencias y simbologías: cinturones como cordones umbilicales en un inverso de relación de madre e hijo, cavidades en las estaciones espaciales y cápsulas que remiten al útero (recordar sino el primer acceso de Stone al Soyuz) o la tierra fecundada en el violento regreso a la gravedad.

Hay algo mucho más interesante en Gravity, los puntos de vista, y que son favorecidos en gran medida por el recurso del 3D: la relación entre panorámicos y planos subjetivos. Primero, la cámara estable desde el lugar del espectador, serena, atenta a los sucesos que permiten una mirada desde el todo, sin llegar a ser cómplice o voyeur, a la expectativa de la tragedia, incluso colocada en una posición de observador cauto como cuando Stone queda atrapada en el eje y la vemos girar desde el mismo lugar una y otra vez, esperando que acabe el juego pendular. Segundo, la  mirada de Bullock en su ansiedad ante la perdida de oxígeno, ante su miedo de perder de vista la manija a la que se aferra.

Si bien Gravity tiene un muy buen inicio, basado en los detalles y simpleza de los diálogos, y sobre todo en esa intención de valorar al silencio y la mirada hacia la tierra desde él, a partir de la música incidental y de las buenas intenciones que mueven al personaje de Bullock (el sueño como pista de rescate o milagro) es que va perdiendo esa sencillez que huía de la complejidad del género (logro en tanto es una película de puros efectos especiales), y se va apoderando de ella algunos lugares comunes que llegan a tener la grandilocuencia de los cantos de liberación, bajo el influjo de un contrapicado de la heroína tras la crisis. (Mónica Delgado).

7.11.13

Rocanrol 68 de Gonzalo Benavente Secco



Muy pocas veces el cine peruano se ha acercado al universo adolescente con hilaridad o levedad y mucho menos desde una mirada nostálgica "inventada", fantaseada o sublimada como la que propone Rocanrol 68, la ópera primera de Gonzalo Benavente Secco. Si en París se estaba ad portas de vivir la médula del mayo del 68, en la Lima, de esta cinta debutante, se vivía un mundo diferente, cerrado, de caricatura, avivado, coloreado, apuntando a traducir la realidad a partir de una comedia sutil, que acude al gag, al chiste ingenuo y al guiño cinéfilo y musical.

Rocanrol 68 evoca el estilo de Wes Anderson solo como homenaje sino en esa descripción de los personajes y la relación con su entorno, con sus decorados, declarando una invención o recreación del espacio que exagera "lo real". Así Benavente, en su Callao imaginado, propone la amistad de tres amigos y sus vínculos amorosos, desprovistos casi de las consumaciones sexuales, para acentuar una mirada aséptica o infantilizada de una época sin rebeldía. Ejemplo de ello es la secuencia en que el protagonista prueba por primera vez marihuana, y su "vuelo" tiene la intensidad de una experiencia lisérgica, provocando un sentido naif pero también la confirmación de que Benavente no pretende salirse de esta mirada rosa del mundo adolescente.


Sergio Gjurinovic, Jesús Alzamora, Manuel Gold y Mariananda Schempp conforman la corporalidad de esa adolescencia de clase media, sin mayores problemas que prestarse un auto y asistir al concierto de Los Yorks en algún cine de Lima. Con ellos, Benavente suelta sus pequeños homenajes desde películas como Pulp FictionLa quimera del Oro, 25 watts, o Banda Aparte de Godard, siendo coherente con la filiación cinéfila del personaje que encarna Gjurinovic, y que van a describir también la sensibilidad que atraviesan las escenas (el ocio con los vinilos a lo 25 watts, la disculpa que imita los tenedores y papas que hace bailar Charlot o "Don't be a square" en los dedos de Uma Thurman.

Pero en Rocanrol 68 esta visión purificada de la adolescencia no viene acompañada de silencios sino del espíritu de bandas de la época como Los Yorks, Los Saicos, Telegraph Avenue, Los Shains o Traffic Sound, que van a ser el sentimiento de la época y también la voz moral (mal ejemplificado en la aparición de Aldo Miyashiro como el guitarrista de Los Saicos), y que también encuentra contrapeso en algunos pasajes de los diálogos y en los personajes secundarios (como el padre castrador o el primo maoísta en su paradoja). Sin embargo, quizás el momento más logrado sea precisamente aquel donde no hay rock de garaje, ni saicos ni shains: el canto del himno nacional del Perú dentro de un auto que ha sido despojado de sus llantas como síntoma de la desafiliación o del arraigo en clave de comicidad (como se quiera ver), ya que se convierte en el momento de expresión sincera de la ubicación de los personajes en ese contexto sesentero, en tiempos de Fernando Belaúnde Terry.

Rocanrol 68 marca, como en el cine de Álvaro Velarde, una estética y motivos claros, y que no sabemos si tendrán continuidad, y que auguran ya a un cineasta que puede manejarse de modo cuidado en la memorabilia, aunque tenga que deshacerse de algunas exageraciones en la comicidad de estilo pueril o en los diálogos de humor que intentan reflejar las taras de una clase pero que al final de cuentas no cuajan del todo. (Mónica Delgado) 

27.10.13

Carrie de Kimberly Peirce



Desde que se anunció un remake de la película de Brian de Palma, asumí que se trataba de un reto innecesario, sobre todo por la vigencia de la película protagonizada por Sissy Spacek, y porque enfrentarse a un obra tan lograda y paradigmática suena a herejía. Ya anteriormente se produjo una secuela sin mucho éxito y una adaptación para la televisión, sin embargo, la siempre arbitraria necesidad de querer "actualizar" películas canónicas, sobre todo del terror, permite tropiezos como este, que incluye escenas chirriantes y algunos añadidos que desatinan aún más el resultado total.



Esta vez la nueva Carrie cayó en manos de Kimberly Peirce, la directora de Boys don´t cry, que parece sometida más bien a algunos caprichos del reciente y manido estilo de hacer terror, que apuesta más por lo escabroso antes que en la creación de atmósferas o sentido del suspenso, y esta vez a ritmo de Vampire Weekend y con la cuota de influencia desastrosa del ciberespacio en la vida adolescente. Hay incluso una afectación por la exageración al mostrar a una Carrie ultravulnerable, cabizbaja, en una escena de bullying centrada más en la histeria y menos en el acoso, y que marca un registro ausente de tensiones o dramatismos que sí tenía la película de De Palma. Pero también se percibe un facilismo en esa mutación del personaje acorazado en las primeras secuencias para liberarse ante la figura materna y castradora.

No sería un ejercicio saludable hacer una comparación con la película de De Palma, sin embargo es inevitable remarcar que Peirce no intenta hacer más que repetir la fidelidad de la historia de Stephen King, sin embargo se han incluido algunas motivaciones entre los personajes que le restan la malicia del original. El mundo que ha creado Julianne Moore para su hija Chloe Grace Moretz ha sido desarticulado, aireado, restado de su encierro de arcadia fanática, cuyo envilecimiento resulta automatizado. Pero este no es el único problema en esta nueva digestión, sino que hay claramente una intención de hacer de la telequinesis de Carrie un amago de los poderes de los X Men, que rompe pistas, y que está a punto de crear tempestades, lo que roza el humor involuntario. La telequinesis en tiempos de la indiscreción del Iphone.

25.10.13

El evangelio de la carne de Eduardo Mendoza




En algunas películas, no hay manera de representar la hostilidad de una ciudad sino se realiza a través de las acciones de sus personajes. Es decir, no vale el panorama solitario, el paisaje intacto o detenido, el plano postal, si se quiere, o el seguimiento a calles y pasajes porque la ciudad en sí misma, en sus reflejos y síntomas, aislada, no va a traducir las frustraciones ni las esperanzas de aquellos seres que la habitan. Así, en El evangelio de la carne existe una Lima impensable sin un estafador arrepentido, sin un policía en las fauces de la ilegalidad y sin un barrista culposo de la suerte de su hermano preso. Por ello no es casual, que en los momentos en que los personajes entran en crisis (digamos que en la cumbre de sus crisis "permanentes") aparezcan inmersos en el gran teatro de una ciudad apabullante: Félix (Ismael Contreras) a punto de tirarse de un edificio mientras la ciudad aparece a punto de tragarse a un suicida más; o Narciso (Sebastián Monteghirfo) traicionado por la barra de hinchas y solitario frente a una ciudad de cerros y caos urbano.

A través de la narración coral es que Eduardo Mendoza, (alejado del perfil de sus anteriores trabajos) hace un registro de una ciudad que se envilece, en un descenso moral que va a producir una catarsis y la aceptación o renuncia de un grupo de personajes, que al modo de "vidas cruzadas", se verán las caras y encontrarán a su manera un motivo común: la pasión, conciente o inconciente, que como en los evangelios, van a ir configurando una galería de culpa y redención, donde no sobrevive el más fuerte sino el que tiene más capacidad de evasión.

Tres historias que se ven engranando y compenetrando en sus puntos comunes, y que no necesariamente son vías de escape o solución, sino más bien Mendoza logra que estos encuentros fluyan como pequeños infiernos, sacando a la luz el otro lado de la normalidad: Félix estafa pero quiere "cargar" al Señor de los Milagros, Narciso quiere recuperar la bandera de su equipo de fútbol que robó la barra del equipo contrario como acto de honor mientras trabaja en un negocio ilícito, o como el policía Gamarra (Giovanni Ciccia) que no teme recuperar su dinero a punta de pistolazos ante la desesperación. 

La puesta en escena propone una mirada ecléctica frente al espectador, al reunir varias perspectivas en relación al actuar de los personajes, la frontalidad frente a lo ritual (el intento de suicidio, el altar de Félix, los momentos de complicidad a la hora de comer, o la cuestión "divina" de unos planos cenitales en el montaje final, por ejemplo, o el plano/contraplano para diálogos de intimidad familiar (Narciso con su familia, o Gamarra con su cuñada).

Es inevitable asociar la expiación del personaje de Ismael Contreras al drama del protagonista de Seven pounds de Gabriel Muccino, donde un Will Smith vive atormentando por haber matado a siete personas en un accidente de tránsito, pero la coincidencia queda en la anécdota, puesto que las motivaciones de castigo y arrepentimiento en la película de Mendoza toman otro curso y significado. La evangelización de lo físico y pulsional que se asoma en el título, traducida en el tatuaje o pies lacerados de Félix o en la enfermedad de la esposa de Gamarra también tiene su complemento en la filosofía del cinismo que ponen en práctica los personajes, pero que también responden a un sino divino o al simple azar: el personaje de Lucho Cáceres sufriendo un escarmiento inesperado o el barrista redimido a la fuerza.

En El evangelio de la carne (Perú, 2013) existe una clara salida hacia el melodrama, sobre todo a partir del montaje alterno final, que pone en evidencia no solo una necesidad del ritmo hacia la muerte, en crescendo, logrado a partir del montaje de Eric Williams engranado al famoso Adagio de Albinoni (cuántas veces escuchando en decenas de películas) y al ritual de la procesión en octubre. Sin embargo, en algunos momentos, sobre todo en secuencias al inicio la puesta en escena palidece por un uso desatinado de la música extradiegética, pero que en suma no afecta un resultado que logra las intenciones de una narración coral, de montaje alterno coherente con las motivaciones y conclusiones de los personajes, dentro de una Lima de octubre, cínica bajo el hábito morado. (Mónica Delgado).

29.8.13

Spring Breakers de Harmony Korine





¿Por qué Spring Breakers de Harmony Korine resulta una película demasiado irregular, y evidencia quizás las debilidades del cineasta que pasaban de lado en sus anteriores filmes amparados en los formatos, o en temáticas nada"mainstream"?
 
Juntar a cuatro chiquillas, entre ellas ídolos pop, sólo podía presagiar un freno ante esa construcción de la adolescencia desarraigada y atrevida que hizo patente en varios guiones y en sus propias películas. Ha viajado desde la radicalidad en los interiores de jóvenes de la clase media adormilada al esbozo del sentimiento en la indecisión de la mesura de muchachas bajo el neón y las drogas sin mayor propósito que el festejo al estilo de un reality de MTV. Aquí, Korine se ubica unos pasos más atrás que en Trash Humpers o que en Gummo o  Julien Donkey-Boy, solo porque hay una imagen más trabajada, menos sinuosa y en un formato también menos tumultuoso que el MiniDV o el Super 8. En Spring Breakers vemos la fotografía de neones y ambientes playeros de Benoit Debie, quien ya ha trabajado antes con Gaspar Noé, lo que le da al cineasta también la seguridad de un formato más convencional, que avala precisamente el perfil de sus protagonistas bajo el pasado de Disney.

Selena Gomez, Vanesa Hudgens, Ashley Benson y Rachel Korine frente a un James Franco metamorfoseado, convertido en un lumpen de Florida adepto a las drogas duras y a las armas. El viaje de cuatro muchachas que acaban de robar para lograr unos días de verano y libertad en las playas lejos del control paterno. Un director que filma los cuerpos en sudor, en drogas, en alcohol, pero que deambula en un guión soso, con problemas de construcción de los personajes (lo que no implica que deba profundizar algún rollo psicológico) y que se deja llevar por soluciones  de folletín.

Korine quiere plasmar el cuerpo y alma del Spring Break, en su decadentismo, en su posibilidad como traducción de la felicidad, y como metáfora del proceso que viven esas cuatro muchachas, que van renunciando poco a poco a ese estadío de frenesí y libertad por el regreso a casa. Sin embargo, va dejando este ambiente de ensoñación de la embriaguez en clave lo fi, o softcore, para ir hacia el terreno del policial pobre, de golpes predecibles y de un final, pues, indigno. Pareciera que el pastiche que aborda al inicio del filme, con Selena Gomez asistiendo a reuniones evangélicas y acariciando la cruz sobre su pecho, se diluye hacia un relato moral, de revancha nonsense en bikini y con resaca.

26.8.13

Sigo siendo de Javier Corcuera





Sigo siendo (Kachkaniraqmi) de Javier Corcuera es una propuesta ad infinitum, un cajón de sastre musical donde habría espacio para todo y todos, donde no queda definido bien aquel "ser" que señala el título, y donde se transita en tres regiones naturales, las típicas costa, sierra y selva bajo el imaginario del canon musical.


Si bien Sigo siendo (Perú, 2013) tiene un comienzo poderoso, con la maestra shipiba cantando en su soledad, y que seguirá apareciendo de modo desordenado a lo largo de la película como una entelequia de la "madre naturaleza", y de la mano del violín de Máximo Damián fundido en el zapateo y cajoneo de los Ballumbrosio en Chincha, Corcuera luego propone una suma dispareja de personalidades y ritmos que van a reflejar incluso estadíos de la historia nacional y memoria personal con tono disonante.
 
Máximo Damián se convierte por momentos en la ilación de esta ruta de presentación de ritmos, desde Cabana hasta Puquio, para luego cederle la posta al también violinista Andrés "Chimango" Lares, a quien descubrimos luego como heladero de Donofrio, mostrando una lectura de "la injusticia" de este mundo lleno de inequidades, bajo un ojo que tiende a continuar la típica problemática de los músicos empobrecidos en un país como el Perú, lo que luce demasiado forzado como interpretación de lo social.
 
Corcuera logra armar el engranaje de las historias cruzadas, una suerte de road movie de lo real donde el músico  tiende a entablar nexos y fusiones, a interpretar sus propias emociones pero también las de una comunidad. Pero lo hace de modo "compartimentalizado", donde la Lima será siempre la ciudad eterna del vals, el pisco y el callejón, donde la sierra será la melancolía, la nostalgia, el culto o rito, el lugar negado y el reinado del huayno, el yaraví, sin carnaval. Y por otro, la selva, el espacio idóneo para la introspección y el respeto a la naturaleza (que mejor ejemplo de ese aislamiento que una cantante shipiba solitaria en medio de una laguna). Ese sigo siendo del título se convierte pues en la defensa de alguna manera de una identidad cerrada, sin intercambios (algo que se pierde de la primera parte, con el logrado episodio de esa fusión tan grata entre el Ande y Chincha, con Máximo Damián liderando un desfile de zapateos negros).
Traducir el epígrafe de Arguedas también como un sencillo tema de "mestizaje" también es otra debilidad, sin embargo, queda menguada la intención por la impecable fotografía, y por una puesta en escena cuidada, donde claramente hay una suerte de niveles: la selva como la espiritualidad y conocimiento, la sierra como espacio de llegada y de lo cultual, y de la costa traducida al limbo del caos, de la pérdida de la tradición pero también de su resistencia. (Mónica Delgado).

25.8.13

El conjuro de James Wan


El conjuro del malayo James Wan es una fábrica de sobresaltos. Uno tras otro, medidos, en los momentos más recurrentes de los tópicos del terror, van a ir armando un relato de demonios y exorcismo con poca creatividad pero acertado ritmo y suspenso.
Wan, como hiciera ya en Insidious (que se llamó en Lima, La noche del demonio) con Poltergeits, su anterior filme, retoma ahora los temas y personajes del imaginario más perturbador del terror, la posesión satánica, la brujería, los médium, el muñeco diabólico, los orbs, las grabaciones, el vómito extremo. Propone el dominio de una casa embrujada sobre sus ruidos, sobre sus espacios a media luz, y sobre todo, desde su vejez ante la llegada de una familia citadina a una finca en medio de una zona rural  de Rhode Island. La casa cruje, golpea, rompe mientras los personajes van a ir también siendo sometidos a una creciente marca física: la madre que ve aparecer moretones en diversas partes de su cuerpo, las hijas que sufren el acoso de fantasmas de humor tétrico mientras duermen o padecen de sonambulismo.  
Wan, el mismo de Saw, se siente mejor en la construcción del miedo en torno al espacio, a los ruidos, al golpe inesperado que cada dos minutos van a ir mellando la unión familiar dentro de la casa embrujada, pero se debilita precisamente en el corazón de la película: el rol de la pareja Warren, un demonólogo y una vidente, plasmando de modo poco acertado esa pequeña historia de afianzamiento marital. Cuando aparecen los Warren parece romperse ese ritmo de la auscultación y las hurtadillas, del entorno psicológico de los personajes y se hace más explícito los motores algo manidos del género.
 

Es inevitable rememorar a El exorcista, Chucky, o incluso a Los pájaros de Hitchcock, sin embargo, pese a todos esos motivos, repeticiones, El Conjuro se vuelve en una cinta de interés, sobre todo en su primera hora, y que como en la época en la que se ambienta, en los setenta, logra precisamente esa atmósfera de cine de terror perdido, de estallidos de suspenso, de atmósferas y de deterioro de los cuerpos a través del mal, como en el cine clásico de terror.

17.3.13

Mientras duermes de Jaume Balagueró


Por Mónica Delgado

Se estrena en Lima esta película de Jaume Balagueró con más de un año de retraso, sin embargo se trata de la última película hecha por este director español, quien obtuvo popularidad en esta parte del continente por ser el cineasta de la lograda REC, y que resulta una oportunidad para ver en pantalla grande este thriller psicológico sobre una obsesión. 

En Mientras duermes (España, 2011), César (Luis Tosar) es el conserje de un edificio, y vive enamorado en secreto de una de las inquilinas (Marta Etura), a quien vigila muy de cerca aprovechando que tiene el control del edificio. Bajo el clima del acoso "invisible", de la supervisión enfermiza y de la fijación extrema es que Balagueró concentra la tensión del filme en el actuar del personaje que encarna Tosar, un tipo de apariencia pacífica, pero que vive atormentado bajo el yugo de parafilias y sentimientos de culpa. El juego entre lo que Balagueró deja descubrir al espectador y lo que la protagonista sufre y que es imposible advertir es el principal recurso de suspenso y que funciona a lo largo del metraje. 

Quizás Mientras duermes tambalea hacia al final, cuando el cineasta dota al filme de un epílogo perverso que hace énfasis en la demencia del personaje y que tiene que ver mucho con ese sentido de posesión, del cual hemos sido testigos y cómplices.  Sin embargo, Balagueró sigue con pulso una dirección tensa, centrada en espacios caseros, para precisamente remarcar el territorio entre cazador y presa, en un campo de batalla sin guerra declarada.

5.3.13

Django sin cadenas de Quentin Tarantino

Django sin cadenas (EEUU, 2012) es una película sobre la venganza, pero no a la manera de las anteriores películas de Quentin Tarantino, donde a pesar de todo existe un móvil justiciero (Bruce Willis salvando por humanidad a Ving Rhames, por ejemplo o Kurt Rusell vengándose de la crueldad de un grupo de mujeres) sino que aquí parte de un desmesurado ajuste pasional o de índole amoroso, lo que convierte a este film en una experiencia menos espectacular, en cuanto a muestra de la marca tarantinesca. Es decir, si en Django de Corbucci, Franco Nero arrastraba su propio ataúd en medio del desierto, con la desidia o frialdad de alguien aturdido y con la posibilidad de la muerte a cuestas, en la película de Tarantino, aparece el protagonista bajo el yugo de las cadenas que no simbolizan la condición del esclavo sino solo el impedimento del amor o el encuentro con el objeto del deseo: la esposa robada. En sí, pese al contexto histórico y a la cercanía de fondo con una película como Lincoln, el tema de la esclavitud en Django no deviene en queja social ni analogía, ya que eso es lo que menos le interesa a Tarantino, quien se muestra tentado a desmenuzar los recursos del spaghetti western, a través de la música, de los zoom in, de los ataques coreográficos pero con poca solemnidad y más bien con la puntería certera en la mofa.

A diferencia de spaghetti western (y del western más clásico también), en Django sin cadenas no hay antihéroes que guíen la acción, mas bien está la fórmula de las buddy movies, donde una pareja algo dispareja o empática se une para ir a la caza de un fin: el reencuentro de Sigfrido con Brunilda, la pareja arquetípica. Pero también Tarantino decide ponerle punto final a esta dupla Christoph Waltz- Jamie Foxx en un momento sorpresivo, dejando la sensación de que deja a Starky sin Hutch, a Thelma sin Louise, a el Gordo sin Flaco, lo que no es precisamente un logro dentro de la propuesta.

Más allá de lo anecdótico de la épica de los Nibelungos, del forastero alemán y culto viviendo en tierra ajena, y del liberto como ovni recién aterrizado, en Django sin cadenas, Tarantino luce una vez más su talento para la acción y para el guiño cinéfilo, para el gore más hilarante y desproporcionado, para la caricatura que lo pone en una posición lejana de la solemnidad del western, género americano por excelencia,  para acercarlo más a una comedia cruel y sardónica en plena Texas de mediados del siglo XIX.  Sin embargo, la trama se debilita cuando precisamente el protagonista toma las riendas del metraje, es decir cuando Django se asume sin cadenas, libre para ir al rescate de su amada, y paradójicamente de la mano de la mejor arma que tiene Tarantino, el verbo.