Como pocos, Ken Jacobs, a través de sus intervenciones a material fílmico de los primeros años del milnovecientos, propone una tesis de reconstrucción y resignificación de la naturaleza del cine, arriesgándola hacia el enigma, empujando imágenes de espíritu documental e informativo hasta la abstracción.
Ken Jacobs es un cineasta estadounidense de lo experimental, incursionando en el expresionismo abstracto desde los años cincuenta y, ya en años más recientes, perfeccionando las técnicas del found footage, por lo tanto su obra es vista y resulta atractiva en festivales y en galerías de arte. Es impulsor del Nervous System Series, proyecciones de performances en vivo, que implican el uso de imágenes intermitentes en salas oscuras. Ha sido merecedor del Premio Guggenheim.
Con Pushcarts leave Eternity street (Ambulantes dejan la calle Eternidad), Ken Jacobs interviene una vista de un minuto hecha por Edison en 1903, filmada en la zona este de Nueva York, poblada de ambulantes, carretillas, donde se ve a un policía que los desaloja, en medios de un malabarista, niños y autos que pasan. Jacobs extiende la duración de esta vista a trece minutos, a través de su técnica del Nervous System: yuxtaposición de una misma película a través de dos proyectores de 16mm de velocidades y luces distintas. La imagen corre en segundos de atrás hacia adelante, dando la sensación de profundidad de campo, y el movimiento logra enfatizar mensajes nuevos y transgrede los originales vulnerando el costumbrismo para convertirlo en un objeto sensorial.
Acompañan a estas imágenes la voz del excepcional David Moss, que interpreta un mantra, de reminiscencias tibetanas, lo que invita a ver esta experiencia como hecho fantástico, incluso de terror.
Coloco aquí el video original de Edison.
Página de Mónica Delgado sobre cartelera peruana y otros temas. Actualizada solo hasta junio 2014.
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16.10.11
18.4.11
BAFICI 13: Aita. Carta al hijo de José María de Orbe
José María de Orbe ha sido productor de cintas notables como El brau blau o Las horas del día, mostrando cierta disposición por un cine de carácter más independiente, arriesgado y libre en sus apuestas estéticas en España. Aita. Carta al hijo (España, 2010) es la segunda parte de un díptico inusual, grabado en video, y es la reedición de Aita, cinta anterior de De Orbe, del mismo año, a la cual se le redujo el tiempo, personajes y escenas y se le dotó de una atmósfera más poética y melancólica. Un experimento sumamente personal.
Aita puede ser la casa a la que hace referencia, una estancia vieja, abandonada por sus habitantes y que es recordada por una voz en off que advierte el desgaste del tiempo y la desilusión que eso propicia: como si el espacio revelara no sólo las ausencias sino la calidad de esas huidas, paredes enmohecidas, pasillos fantasmagóricos, dormitorios que no podrán cobijar más el sueño de nadie. Pero Aita también es una metafora de un país fragmentado y que ha sometido al olvido decenas de momentos de su historia, y donde esta vieja casona funciona como ancla de aquella memoria que no quiere dejar de recordar. Y Aita es, al final de cuentas, el cine de antaño que aún decide persistir, y es evidente este homenaje en los formidables minutos finales de Aita, carta al hijo, un célebre found footage con escenas del cine mudo español, que a pesar de la intención de mostrarlo ajado y destruido en la pared en que se proyecta, se mantiene la afrenta hacia lo moderno paradójico.
Los fotogramas de este found footage son extraidos de películas vascas como Edurne modista de Bilbao, de Telesforo Gil, o fragmentos de cintas de Aita Barandiaran, de los primeros años del cine mudo español. Fotogramas que fueron sometidos a procesos de oxidación, de deterioro y de envejecimiento para darles el sentido que el director donostiarra deseaba para homologarlos al clima de la casona. Versos de César Vallejo rematan este hermoso filme sobre el paso del tiempo y la memoria. Una obra maestra breve, de una mayor, Aita.
Aita puede ser la casa a la que hace referencia, una estancia vieja, abandonada por sus habitantes y que es recordada por una voz en off que advierte el desgaste del tiempo y la desilusión que eso propicia: como si el espacio revelara no sólo las ausencias sino la calidad de esas huidas, paredes enmohecidas, pasillos fantasmagóricos, dormitorios que no podrán cobijar más el sueño de nadie. Pero Aita también es una metafora de un país fragmentado y que ha sometido al olvido decenas de momentos de su historia, y donde esta vieja casona funciona como ancla de aquella memoria que no quiere dejar de recordar. Y Aita es, al final de cuentas, el cine de antaño que aún decide persistir, y es evidente este homenaje en los formidables minutos finales de Aita, carta al hijo, un célebre found footage con escenas del cine mudo español, que a pesar de la intención de mostrarlo ajado y destruido en la pared en que se proyecta, se mantiene la afrenta hacia lo moderno paradójico.
Los fotogramas de este found footage son extraidos de películas vascas como Edurne modista de Bilbao, de Telesforo Gil, o fragmentos de cintas de Aita Barandiaran, de los primeros años del cine mudo español. Fotogramas que fueron sometidos a procesos de oxidación, de deterioro y de envejecimiento para darles el sentido que el director donostiarra deseaba para homologarlos al clima de la casona. Versos de César Vallejo rematan este hermoso filme sobre el paso del tiempo y la memoria. Una obra maestra breve, de una mayor, Aita.
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